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Berlín: me fui a buscarme.

Foto del escritor: Jime Soliani
Jime Soliani
3 sept
5 min de lectura

Inevitablemente, siempre elijo la ventana, es como una droga. Solo el hecho de pensar en no tener algo que me conecte con el exterior me hace sentir claustrofobia. No es una cuestión estética, y prefiero aguantar las ganas de ir al baño cuando duermen los del pasillo, a perderme la gracia de ver el mundo volverse pequeño al subir cientos de metros por encima de mi techo.

Estaba arriba del avión y miraba el suelo por primera vez: todo se volvía insignificante. Espiaba por la ventana, como en un juego, y veía una maqueta. No parecía el mundo real, sino una representación de ello: madera, cemento, pasto, plástico, teja. Se parecía más a un trabajo del último año de arquitectura que a la ciudad de Buenos Aires.

Empezaba a sentir las cosquillas en la panza cuando la presión aumentaba, el corazón me latía más veces de las que puedo contar en un segundo y sentía que me quedaba sin aire. Creo que así, también, se siente dejar el hogar: es como despegar.

Me dormía y me despertaba cada media hora. Entre sueño y sueño levantaba la pequeña persiana para observar, le dedicaba unos minutos al cielo y pensaba que, probablemente, en ese momento, todas las personas que no estaban en ese avión seguirían con sus rutinas cotidianas.

Por ejemplo, ese pescador que solía mirar en las playas de Puerto López mientras empujaba con fuerza su bote, embarrando sus pantalones hasta las rodillas y limpiando el sudor de su frente con el dorso de su mano. Por ejemplo, todas esas personas que subían y bajaban de los trenes en Constitución, que llevaban y traían maletines repletos de papeles con valores ficticios. O la cholita que se sentaba en la Plaza 10 de Noviembre a vender arepas calentitas mientras acomodaba el aguayo, de atrás para adelante, en el que un bodoque, de piel quemada y ojos chinos, lloraba por culpa del hambre. Quizás estuviera amamantando mientras una turista le regateaba el precio. Seguramente un gringo se impacientaría porque en su foto de Machu Picchu salía de fondo mucha otra gente que, como él, no estaba segura de por qué era importante ese lugar. Una mujer debía estar besando a otra mujer en alguna playa perdida de Ecuador, mientras algún hombre haría maniobras con su sexo para que no se notara su excitación. En la tele, los mismos programas hablarían de los mismos temas banales, mientras el pueblo experimentaba la desocupación, inflación y aumentos. Las mismas personas seguirían instaladas en sus sillones haciendo zapping de Tinelli a Legrand. Las vacas seguirían formando filas para entrar al matadero, sin saber realmente de qué se trataba la libertad. Y al final del día todas llegarían a una casa.

Yo me preguntaba si a mí alguien me esperaba al otro lado del charco.

Me dormí y no me di cuenta si eso lo soñé o lo pensé. En la ventana era de noche, mi reloj marcaba las tres y el plato de comida que me sirvieron bien podría haber sido la cena o el almuerzo. Los husos horarios habían perdido total sentido y en la cara me quedaron marcas de la almohada que me dieron las azafatas y un antifaz devenido en collar. Eso del tiempo y el espacio, arriba del avión, no cumplía ninguna regla.

Por los altoparlantes informaron la llegada a Estambul y se prendió la luz del cartel que nos obligaba a utilizar el cinturón de seguridad. Por la ventana se empezaron a ver puntos naranjas y blancos dispersos por un manto negro.

Había una tensión en el ambiente que se volvió palpable a medida que el avión comenzó el descenso. La vibración de los motores se reflejó en los cuerpos de las pasajeras y muchas de las personas a mí alrededor cerraron sus ojos con fuerza. No pude dejar de mirar hacia afuera.

Vi cómo una maqueta, totalmente diferente a la primera, se dibujaba y tomaba forma de inmensos edificios. Divisé una mezquita a lo lejos y en ese instante sentí ganas de pedir o agradecer, no estaba segura. No tenía un Dios, pero creía que había algo más allá; al menos necesitaba creerlo, como todas las demás. Agradecí al Universo, a ese vacío legal y abstracto del que nos valemos las que no creemos en Dioses y Cristos, y junté mis palmas, a la altura del pecho, en postura de oración.

A mi lado, un hombre llevaba dos dedos a su frente, luego a su pecho, a sus hombros y a sus labios y, unos asientos más allá, otro hombre tenía las palmas hacia arriba, separadas en ancho de hombros, y con sus ojos cerrados apuntaba al cielo. Alá, Dios, Universo. Universo, Dios, Alá. Al final todas necesitamos aferrarnos a esa idea de que algo o alguien, sin importar cómo, nos está cuidando.

El fin del viaje se anunció igual que los finales de las mejores películas en los cines de pueblos: tras ovaciones y aplausos de pie.



Se abrieron las puertas de migraciones y el mundo exterior se mostró caótico. Los choferes levantaban carteles por encima de sus cabezas con nombres que no podía pronunciar, las mujeres llevaban su pelo tapado con velos negros e, incluso, algunas no dejaban ver más que sus ojos. Caminaban con la cabeza gacha, apenas mirando lo que sucedía alrededor. Escuchaba murmullos que se traducían como una eterna repetición de palabras sin sentido, pero solo era un nuevo idioma para asimilar.

Al fondo a la derecha estaba el puesto de la aerolínea y ahí fui. Solicité la habitación del hotel que nos daba la empresa a cambio de once horas de escala durante la noche. Les pregunté en un inglés de mala calidad qué tenía que hacer. Ellas no hablaban inglés, sólo retuvieron mi ticket del siguiente avión y señalaron un café. Asumí que tenía que esperar mientras escuchaba que a los pibes de atrás los habían hecho perder el vuelo siguiente por culpa de un retraso. Sí, el mismo retraso que me había tenido dos horas sentada en el piso de Ezeiza. De eso ya no quedaba nada, ni siquiera un recuerdo del free-shop, ni de aquel chico que me miraba cada tanto y que no se animó a hablarme.

Tenía cinco dólares en mi bolsillo, que intenté cambiar por un café y un scon. No servían, estaban rotos, apenas una línea en el medio del billete. Cinco dólares eran unos cien pesos en ese momento: acababa de perder cien pesos por doblar demasiado un billete viejo.

Tenía sueño y hambre, y nadie me decía qué pasaba con mis pasajes.

Poco a poco iban llamando gente de una lista. Fui junto a un grupo de seis personas más, nos pidieron los pasaportes y nos hicieron subir a una camioneta blanca que esperaba a media cuadra de donde estábamos. Así empiezan las películas de terror. Aunque al final del recorrido nos esperaba un hotel de lujo y una habitación matrimonial con bañera y espuma donde, luego de un largo baño, dormí dos horas y llegué tarde al colectivo que nos devolvió a donde empezamos.

Pato me dijo que me había perdido el desayuno. Así nos conocimos. Él tenía 21 años, era dos o tres cabezas más alto que yo, aunque eso no era tan difícil por culpa de mi metro sesenta. Era rubio, con un bigote cortado al ras y anteojos de marco negro.

Lo frenaron en migraciones y pasaron por su cuerpo un papel blanco del tamaño de una falange. Por su cuello, por sus muñecas, entre sus piernas. Meses después una turco-alemana nos contaría que es un sistema que utilizan en Turquía para encontrar bombas, al menos en la versión oficial.

Pato sobrevivió a la inspección y seguimos caminando juntas hasta el avión que nos llevaría al destino final: Berlín.

Los motivos que nos trajeron acá son diferentes y parecidos. Estábamos escapando de algo, buscando otro algo, a simple vista parecía que nuestros caminos iban a tomar rumbos diferentes, porque al llegar nos despedimos en la puerta de Tegel con la frase “hacemos algo uno de estos días”.



 
 
 

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