Berlín: empezar una nueva vida.

¿Cuál fue el motivo que me hizo cruzar el mundo para empezar de cero? La libertad.
Necesitaba, por un lado, desafiarme y, por el otro, llegar a un lugar donde tuviera que reinventarme por completo. Eso no era en Latinoamérica. Ya había viajado por algunos países del sur y entendía que, si bien la cultura a veces es una barrera, hablar el mismo idioma hacía que el viaje fuera más simple.
Irme a un lugar donde no conocía a nadie, no hablaba el idioma y no comprendía las costumbres; no era más que reafirmar mi libertad. Mi posibilidad infinita de llegar a cualquier parte del mundo y volver a descubrir quién puedo ser.
Si Latinoamérica había sido el espacio-tiempo donde yo me empezaba a ver de verdad, donde me construía viajera, donde me veía fuerte, donde me animaba. Alemania sería el espacio-tiempo donde dejaría libre mi verdadera identidad.
Yo ya no quería tener trabajos que no me nutrían espiritual o culturalmente, yo ya no quería hacer artesanías o comida para vender en la calle, yo ya no quería trabajar en una oficina.
Yo quería descubrir qué podía hacer con mis habilidades.
En retrospectiva, estoy segura que podría haberlo descubierto en Buenos Aires, seguramente no era necesario irme a otro continente, pero me tomaría mucho más tiempo. El viaje es una escuela avanzada de la vida y, en lo personal, me gusta aprender rápido.

Yo era escritora.
Lo había sido siempre.
Pero por mucho tiempo me expuse a mostrar lo que escribía en los lugares inadecuados.
Durante mucho tiempo creí que alguien tenía que descubrirme.
Y esperé pacientemente a que llegara mi editorial.
Pero eso, no siempre funciona así.
A veces nunca te descubren.
Por eso me fui a Alemania.
Para que alguien me descubra.
Para yo descubrirme.

Salí del Subte, conocido como S-bahn, y aunque iba abrigada sentí cómo se helaba mi nariz. El mundo estaba blanco a mi alrededor. Los escaparates de los edificios antiguos tenían una suave capa de nieve, al igual que los árboles des-hojados. Había una especie de silencio inusual para una ciudad.
Venía del ruido aeroportuario, de la tecnología que te dejaba pasar una frontera con solo mostrar un documento. Noté que desde que me bajé del avión hasta llegar a ese sitio no había hablado con nadie. ¿Cómo podría? Ni siquiera sabía decir Hallo.
Me alojé en un hostel en el barrio de Friedrichshain, ordené el revuelo que había en mi mente, bajé la adrenalina en la sangre y respiré, a consciencia, por primera vez, tan lejos de casa.
Había enviado solicitudes por Couchsurfing y mi primera respuesta llegaba en ese momento. Un chico llamado Dano había accedido a recibirme en su casa unos días y orientarme en el mundillo berlinés.
No podía imaginarme todo lo que se iba a transformar mi vida, pero qué lindo se sentía estar ahí.



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